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Pablo Tormo Sales
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Bloody Mary Empty Bloody Mary

el Miér Ene 01, 2020 7:54 pm
BLOODY MARY”


La música era ensordecedora en la mínima pista de la única discoteca del pueblo, a la que había llegado la modernidad en forma de “bakalao” cinco años antes. Ahora, y gracias al estruendo sonoro y a los flashes cegadores, el lugar se había convertido en centro de reunión de todos los jóvenes de 15 km. a la redonda. Una especie de “lugar de culto” de la “movida” juvenil y no tan juvenil.
Desde lo alto de su taburete, situado en el extremo de la barra más próximo a los lavabos, los fríos ojos escrutaban las facciones de la concurrencia. Las había sudorosas, resignadas, convulsas, hastiadas e incluso, felices.
De pronto, en la puerta de acceso, por encima del mar de cabezas que se balanceaban, despersonalizadas, al unísono, divisó una sonrisa decorada por unos dientes perfectamente alineados y de una blancura tal que casi hirió sus los ojos.
Cinco minutos más tarde, abandonando el “Bloody Mary” sin alcohol que estaba tomando (y que enseñó a preparar al camarero: zumo de tomate, salsa Perrins, gotas de limón, sal, tabasco y pimienta), se acercó a ella y muy cortésmente la invitó a bailar, para lo que había esperado a que la música fuera ya menos frenética.
Quizás fueran sus ojos, de un gris acero, o su gesto de infinita tristeza, o su mano blanca, de dedos larguísimos, tendida en actitud suplicante, lo que la movió a aceptar la invitación. Se presentaron a los primeros compases de la siguiente canción (“me llamo María”, dijo la boca perfecta) y, cuatro baladas después, abandonaban juntos la discoteca.
A cincuenta metros de la puerta, la música violenta volvió a machacar inmisericorde los oídos de los dos, que apenas esbozaron un gesto de disgusto y siguieron avanzando por entre las empinadas calles del pueblo, hacia las almenas. Había luna llena y, no lejos de donde estaban, se mecían las copas de un bosquecillo de álamos.
Hacia él de dirigieron abrazados y en silencio. Y cuando llegaron, el detuvo su andar y, colocándose frente a ella, la besó. Respondió la mujer a ese primer beso con otro más profundo y absorbente, que acompañó al principio con un suspiro de placer y terminó con un gorgoteo angustioso, producido por la sangre que brotaba de su garganta, abierta de un solo tajo, de manera exacta y profesional, toda vez que el mismo corte seccionaba las cuerdas vocales y la yugular.
Quedó tendida en el suelo, en medio de un charco de sangre, y sus ojos abiertos no le vieron alejarse: ya no tenían vida.
Diez minutos más tarde, otra canción atronaba la pista. La gente seguía moviéndose, parecía que ajena a la propia música.
El portero lo saludó displicentemente y, correspondiendo al saludo con una inclinación de cabeza, se dirigió al taburete que había ocupado hacía bien poco.
El camarero, solícito, se acercó y, recordando las enseñanzas recibidas, preguntó:
- ¿Otro “Bloody Mary”, señor?
- No. Tráigame agua mineral con gas y una rodaja de limón. Tres “Bloody Mary” en una noche son demasiados.
- ¿Tres? Yo antes le serví solo uno.
- Yo me entiendo.


Pablo Tormo Sales
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