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Ellie Woonlon
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Silbando Empty Silbando

Sáb Sep 11, 2021 3:22 pm
Regresó (por fin, se decía) de otro día rutinario, a su hogar. Creyó muy necesario dejar el bolso en la mesa de la sala del comedor, bien a la vista. Se tomó una fotografía del rostro con su teléfono celular, la revisó, le pareció perfecta; que comunicaría todo aquello que sentía. Dejó el móvil junto al bolso, y avanzó por la sala del monoambiente, imaginando que pisaba un suelo de hielo fino mientras dejaba atrás una sensación que era para el olvido.

Sus pasos eran lentos, acompañados por suspiros; mientras los ojos daban una vuelta a las fotografías colgadas en las paredes, se fue desabotonando el cuello, creyendo que así podría respirar un poco mejor. Le pareció extraño ver la ventana entreabierta, ya que vivía sin compañía, y se acercó.

Un atardecer precioso, con un espectáculo en el cielo; era un cuadro con óleos rojo amarillento, y blancas pinceladas desordenadas haciendo distintas formas y figuras; unos pájaros de plumaje verde selvático sobrevolaron los cables eléctricos del vecindario donde vivía.

De pronto algo cobraba sentido para sí. Se le iluminaron las pupilas.

Escuchó un silbido, y desordenando el cabello silbó también. Un silencio mortal, y luego se oyó otro silbido, viniendo de algún lugar de las afueras entre los altos y bajos techos de los hogares. Desde su quinto piso volvió a silbarle al vecindario, sintió que le escuchaban. Otro silbido le respondió,  le pareció un halago. Tomó aire, cerró los ojos percibiendo un cosquilleo en la quijada, y dejó salir medio cuerpo y media vida por la ventana. Sus manos sentían el marco de metal frío helarle las pieles, pero con tierna inspiración silbó a los vientos que anunciaban la noche; silbó viéndose como un ave elevando sus majestuosas alas de suaves colores como la espuma marina; silbó palabras que desconocía pero que guardaba desde hace mucho; le silbó a una fogata en medio de la penumbra, exhortándola a ser más brillante.
Dirigía una sinfonía, y el espectacular cielo danzaba con sus luces opacas al compás de su melodía.
Se había esforzado más que nunca, con exhaustividad esperaba, y ya no se escuchaba el otro silbido. Decidió aguardar un momento, contemplando las ventanas y pórticos. Nada. Volvió a silbar como en un principio, leve. Sin respuesta. Era el mismo silencio mortal. Pero ahora le parecía doloroso, decepcionante. El cielo intentó cortejar su alegría, nublando un poco las terrazas y techos de los hogares, como descendiendo una sábana blanca sobre la pintura que trazó ese ser fallecido. A lo lejos se oía un trueno. Miró hacia abajo, una brisa le recorrió la nuca, qué escalofríos.

Creyó que se le habían despedido sin haber escuchado la canción que le inspiraron. Silbó con desesperación, mirando a todos lados, se soltó del borde de la ventana, ahora colgaba en el aire y sus dos piernas le mantenían dentro de la sala. Una nube relampagueó en el horizonte sombrío; comenzó a gritar al sentir el silencio del otro silbido, agitando los brazos; gritó al vecindario, llovizna cayó, y creyó que nadie le escucharía, nadie más que al fantasma a quien que se lo dirigía. Y silencio. Los vientos llevaban, delicados, hojas otoñales que le acariciaron el alma y cayeron al abismo de la cornisa, en ese ocaso de tormenta. Ya débil, se inclinó hacia adelante mirando cómo se iban, dejó caer un brazo con la mano abierta mientras las nubes rugían, y perdió el equilibrio. No distinguía la adrenalina del vértigo, de la desazón de no oír al otro silbido. Apretando la mandíbula, agitó los brazos, como intentando aferrarse de nuevo a los marcos de la ventana. Era imposible que lo haya imaginado, se cuestionó... Comenzó a llover.

Desde hace mucho tiempo, por una ciudad dormida, un silbido sin fuerza viaja en el viento, buscando ser oído por la frágil soledad. Y cuando lo escucha, aquella es tan buena compañía, que enmudece para contemplarla con cariño.

En una noche de tormenta, con las calles oscurecidas, apenas iluminadas por los faroles de luz eléctrica, gotas de agua se colaban en la sala, como intrusas, rozando los cristales y esquinas de una ventana abierta.

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