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El sur viaja a Cataluña en 1953 Empty El sur viaja a Cataluña en 1953

Lun Jun 13, 2022 2:42 am
(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas en un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nuevas esperanzas.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen a un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en un viaje casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos nunca a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una "colla" de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños y un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire huecas como nidos coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos los atardeceres a través de alguna emisora en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
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